La obra De l'Allemagne, publicada en 1810 por el impresor parisino Heny Nicolle, sufrió las consecuencias de la censura lo que motivó la retirada de todos los ejemplares siendo rarísimo encontrar los de ese año. En 1813 se realizó una tirada clandestina en Londres sorteando la censura napoleónica, y en 1814 el mismo impresor la publicó en París y apareció también en Leipzig. Desde esa fecha fue numerosas veces impresa. Por su rareza e interés, reproducimos ese volumen de 1810.
En De l’Allemagne Madame de Staël (1766-1817) se propone presentar el país germano al público francés, explicando sus características únicas, su identidad nacional y las razones de la incomprensión mutua entre ambos pueblos. Su acercamiento, por tanto, es transversal y toca múltiples temas de su cultura e idiosincrasia. La autora parte de la premisa que ya desarrollara en De la littérature considérée dans ses rapports avec les institutions sociales (1800): que las costumbres, la religión, las instituciones sociales, la literatura y la filosofía están todas interconectadas y se determinan unas a otras. Por ello, su análisis —repartido en tres volúmenes— aborda todos estos aspectos, aunque al final haya una clara predilección por las letras.
Este primer tomo contiene las observaciones preliminares (pp. 1-8), el estudio sobre las costumbres y las instituciones sociales (9-193) y la primera parte del ensayo sobre la literatura (pp. 195-355). Aunque el abanico de temas tratados es muy amplio, es posible distinguir algunas ideas maestras.
Por un lado, Staël pone mucho énfasis en la influencia que tiene la situación política en el pensamiento, la idiosincrasia, la filosofía y la literatura de la nación. Según ella, la falta de centralización y de unidad administrativa, sumada a la exclusión de los hombres de letras de los asuntos estatales, hace que los alemanes —y especialmente sus escritores— tiendan a desarrollar sus razonamientos de manera abstracta, sin conexiones o implicaciones prácticas (pp. 16-20, 32-34, 130-132, 156-161, 206-207). Por ello, los autores germanos propenden a la imaginación (pp. 27, 84) y a la sensibilidad (p. 84), pero adolecen de falta de gracia y errores de estilo (pp. 84, 200). Además, como no hay ningún centro cultural que regule el gusto, los escritores tienden a trabajar en solitario (p. 16) y, sobre todo, a ser muy originales. Después de todo, cada uno explora los caminos que le son más naturales, sin atenerse a leyes externas, dictaminadas por una corte o un corrillo académico (pp. 16, 196-198, 212-213).
En contraposición a Francia, Alemania es introspectiva, seria y lectora. Los franceses son avezados en la vida social, en la conversación elegante y en todo tipo de géneros orales, en los que el bon mot es esencial, hasta el punto de que a veces llevan a la escritura formas o temas que solo funcionan en una charla ligera. Los alemanes, en cambio, tienen dificultades a la hora de conversar o contar anécdotas, dado que siempre sopesan sus palabras y traen a colación asuntos que deberían ser exclusivos del discurso escrito; por el contrario, mantienen un contacto permanente con los libros y priorizan el fondo sobre la forma. Los unos, por tanto, tienen un mejor conocimiento del hombre; los otros, del pensamiento abstracto y el mundo ideal (pp. 5, 94-124). Staël sostiene que ambos países pueden aprender del otro, siempre y cuando conserven su autenticidad nacional. No obstante, una imitación servil es absolutamente desaconsejable, sobre todo para Alemania (pp. 80-89, 146-148, 216).
Ahora bien, para explicar las diferencias entre ambos pueblos, Staël hace una distinción entre la cultura clásica y la cultura romántica. La primera nace en Grecia y Roma y se caracteriza por una relación estrecha con el cuerpo y la materia. La segunda entierra sus raíces en el mundo de la caballería —de sello cristiano— y delata una fractura entre el individuo y la naturaleza, descubriendo un gran tesoro de matices psicológicos e interioridad humana. Según la autora, los franceses son el pueblo europeo que mejor ha conservado y reproducido la cultura clásica, mientras que los alemanes son profundamente románticos. Con todo, Staël prefiere lo segundo, puesto que es la única forma de tener una idiosincrasia fundamentalmente nacional y propia. La cultura clásica es prestada y ya alcanzó su perfección en el pasado; la cultura romántica es connatural a los pueblos cristianos y aún es susceptible de mejoras y perfeccionamientos (pp. 3, 5, 41-44, 279-286).
A la hora de abordar la literatura, Staël comienza con unas consideraciones generales sobre las letras alemanas en contraposición a las francesas e inglesas (195-218) y, a continuación, ofrece unas cortas estampas de sus principales escritores: Wieland (pp. 218-222), Klopstock (pp. 223-233), Lessing (pp. 234-237) Winckelmann (pp. 238-243), Goethe (pp. 244-250) y Schiller (pp. 251-257). Acto seguido, la autora dedica unas páginas a hablar sobre el estilo y la versificación de la lengua alemana, señalando que esta es más apropiada para el verso que para la prosa (pp. 257-269). Staël, entonces, abre la revisión sistemática de la literatura germana —organizada por géneros— con su análisis sobre la poesía épica y lírica (pp. 270-348). Según ella, esta debe estar marcada por el entusiasmo y por el sentimiento de lo bello y lo divino (pp. 270-271). «Para comprender la verdadera grandeza de la poesía lírica», dice ella, «es necesario errar por el ensueño a través de las regiones etéreas, olvidar el ruido de la tierra escuchando la armonía celeste y considerar el universo entero como el símbolo de las emociones del alma» (p. 273). Por tanto, los alemanes, que reúnen en sí la imaginación y el recogimiento contemplativo, están particularmente dotados para este género (p. 274).
Staël concluye el tomo con unas observaciones sobre el gusto, al que describe como el ejercicio de las convenciones sociales (pp. 349-353). Aunque confiesa que este es necesario para la vida en sociedad, afirma que la literatura no debe estar sujeta a su mandato, y menos de una manera intransigente. En las letras, dice ella, debe primar el genio; el gusto, en cambio, solo debe intervenir en la medida en que no restrinja la inspiración del artista (p. 352). «Si tu consideras todo a la manera de un hombre de mundo», sostiene Staël, «no sentirás la naturaleza; si tú consideras todo a la manera de un artista, carecerás del tacto que solo la sociedad puede dar» (p. 351).