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Identificación

Rapport historique sur l’état et les progrès de la littérature depuis 1789

Marie-Joseph de Chénier
1815

Resumen

Como fruto de la clase de literatura y bellas letras del Instituto nacional, Marie-Joseph Chénier (1764-1811) presentó en 1808 a Napoleón el Rapport historique sur l’état et les progrès de la littérature depuis 1789, en el que hacía una revisión de la literatura francesa desde el inicio de la revolución. Publicada con el nombre original en 1815 —cuatro años después de la muerte de su autor—, la obra sería recordada con el título de sus ediciones posteriores: Tableau historique de l’état et des progrès de la littérature française depuis 1789. 

El tratado comienza con el discurso que Chénier pronunció ante el emperador (a). En él explica la misión que les fue encomendada a los miembros del Instituto, a saber, la evaluación de los avances y retrocesos de la literatura nacional desde 1789. Este examen no solo comprende las obras de imaginación, sino todas las formas de escritura o, como dice Chénier, «el círculo entero de las aplicaciones del arte de escribir» (p. 2). Por ello, el Rapport incluirá un amplio espectro de disciplinas: gramática, arte de pensar y análisis del entendimiento (pp. 21-46); moral, política y legislación (pp. 47-74); retórica y crítica literaria (pp. 75-96); arte oratoria (pp. 79-109); historia (suprimido en esta edición; las ediciones siguientes sí la incluyen); novela (pp 113-148), poesía épica (pp. 149-166), didáctica (pp. 167-176) y lírica (pp. 177-186), tragedia (pp. 187-203), comedia (pp. 204-219) y drama (pp. 219-229).

El enfoque de Chénier es a un mismo tiempo histórico y crítico. Lo primero que suele hacer a la hora de abordar un género es ofrecer una definición del mismo y trazar un breve bosquejo de su tradición. A continuación, señala los autores que desde 1789 se consagraron a él y analiza brevemente sus obras, indicando sus virtudes y defectos. A pesar de que el mismo Chénier haya sido un autor activo y polémico durante la revolución, sus observaciones son en extremo mesuradas. Después de todo, su intención es «dispensar las alabanzas con placer, ejercer la censura con reserva, proclamar los talentos que nos quedan [y] aplaudir las disposiciones nacientes» (p. 2). Esta práctica está en consonancia con su definición de la buena crítica, la cual consiste en ser justo y benevolente en los juicios, señalar con honestidad los errores —incluso si se trata de los grandes maestros— y resaltar siempre las bondades que todo texto esconde (pp. 95-96). Según él, el crítico debe ser incluso más precavido contra cualquier tipo de parcialidad si se ve obligado a hablar de un rival (pp. 95-96), como él mismo intentará demostrar en sus observaciones sobre La Harpe (pp. 87-94 y 207-221) (b). A fin de cuentas, «la falsa crítica hace y quiere hacer daño; ella es enemiga de los talentos, mientras que la verdadera crítica es su aliada. La primera es el oficio de la envidia; la otra es la ciencia del gusto dirigido por la justicia» (p. 96).


Aunque su revisión no deja de ser esquemática, limitándose en su mayor parte al recuento de los autores, con sus obras, méritos y carencias, Chénier va desperdigando a lo largo de su trabajo diversas observaciones generales sobre la literatura y lo que él cree que esta debe ser. Por ejemplo, al inicio del capítulo II afirma que toda gran obra es de una u otra manera moral (p. 47) y en el capítulo IV explica que la elocuencia y la oratoria son dos facultades distintas, aunque entrelazadas, ya que la primera existía antes de que se abriese la tribuna pública y podía encontrarse en obras de teatro y tratados filosóficos (p. 106). Acto seguido, apunta el gran desarrollo que había experimentado el arte oratorio desde el inicio de la revolución, algo que, según él, podía considerarse una verdadera «renovación del arte de hablar» (p. 106).

Chénier, cuya fama literaria es fruto de su labor dramática, se vuelve particularmente elocuente cuando juzga el teatro (pp. 187-229), dado que aprovecha la ocasión para insistir en sus propias teorías. Explica, por ejemplo, lo que debería ser la tragedia nacional y defiende la necesidad de llevar a escena eventos de la historia patria (pp. 201-202). Asimismo, sostiene que la comedia debe pintar, corregir e incluso rehacer las costumbres de la sociedad (pp. 218-219). Su visión es optimista, hasta el punto de prometer un futuro luminoso para ambos géneros.

Sus observaciones sobre la novela también son interesantes, puesto que atestigua la alta producción del género y su popularidad creciente (pp. 144-145), al tiempo que advierte sobre sus peligros: según él, un gusto desmesurado por la misma puede alejar a las personas de estudios más serios e incluso corromper el estilo (pp. 145-147). La novela, entonces, debe proponerse el mismo objetivo que los otros géneros; a saber, instruir y gustar. Y aunque considera que esta tiene todo el potencial para cumplir adecuadamente esta misión, sostiene que las mejores novelas son, a su vez, las menos «novelescas» (p. 148).

Asimismo, resulta especialmente relevante lo que Chénier dice sobre las mujeres escritoras: por un lado, dedica un gran apartado de su obra a reseñar elogiosamente la obra de las novelistas (pp. 123-134); por el otro lado, polemiza contra aquellos que quieren excluir a las mujeres de la educación y las letras y sostiene que su progresiva ilustración ha enriquecido el campo. «Hoy más que nunca es necesario aplaudir a las mujeres que aman y cultivan la literatura, que con la gracia de sus escritos y sus conversaciones ejercen sobre las costumbres una útil influencia. Ellas están dotadas de una imaginación dúctil y fácil, de una extrema delicadeza en su manera de sentir» (pp. 185-186). Por ello, Chénier concluye: «No les neguemos la facultad de escribir como ellas sienten, ni el derecho de inspirarse como ellas inspiran» (p. 186).

Finalmente, el Rapport historique es particularmente importante por lo que significa en su conjunto. Aunque Chénier es generoso en sus alabanzas, una sensación de retroceso literario, ligado a las vicisitudes de la revolución, atraviesa sus páginas. Al final, por ejemplo, expresa lo intolerable que había sido escribir con miedo por la propia vida, con la necesidad de cuidarse de los propios pensamientos y de publicar, no lo mejor, sino lo más seguro (p. 228). Se trataba, en palabras de Chénier, de «un tormento que es imposible de soportar durante mucho tiempo, y el silencio absoluto vale más que ello» (p. 228). La causa de esto, sin embargo, no debe buscarse en la literatura —que debe gozar de una libertad absoluta si quiere producir grandes obras (p. 229)—, sino del espíritu de partido que, bajo el disfraz de la opinión pública, desvió el curso de las letras. Dice Chénier:

Y si el espíritu de partido, decorado en los tiempos turbulentos con el nombre de opinión pública, dio falsas direcciones a las ideas más generosas; si este mismo espíritu, no menos funesto, actuando de otra manera y a través de otros hombres, había detenido el impulso de los talentos y paralizado el pensamiento, nos queda una esperanza que no se verá defraudada. Tú reinas, Señor [Napoleón], y tú proteges, tú protegerás aquello que hace a los literatos, el arte de escribir. Él se aplica a todas las artes; él facilita el acceso a todas las ciencias; el abraza todas las ideas; él las esclarece con su exactitud; él las difunde con su precisión. Él presenta en primera línea aquello que toca de más cerca a los hombres memorables: la historia que cuenta las grandes acciones, la elocuencia que las celebra y la poesía que las canta. Él florecerá bajo tus auspicios; él será guiado por ti por rutas seguras; alrededor de ti brillarán los talentos reanimados por tu voz: el genio nacerá llamado por el genio; y todos los géneros de la gloria pertenecerán al siglo de Vuestra Majestad (p. 19).

Esto, sumado a la respuesta de Napoleón —en la que reconoce la labor de los hombres de letras del Instituto y les promete su protección— (pp. 19-20), sienta las bases, por un lado, para la construcción de un imaginario en el que la revolución habría ocasionado un ocaso literario y, por el otro, para el restablecimiento de las dinámicas cortesanas en la literatura, en las que Luis XVI se vería reemplazado por Napoleón.

  • En las ediciones posteriores se haría del discurso una introducción tradicional, eliminando todas las referencias a Napoleón y cualquier indicación que revelase su naturaleza genérica original o las circunstancias de su composición.
  • Por el contrario, resultan elocuentes las dos más grandes ausencias del Rapport: la de su hermano André Chénier (1762-1794) y la de él mismo, considerado el «poeta de la Revolución».

Descripción bibliográfica

Chénier, M. de [Marie-Joseph de], Rapport historique sur l’état et les progrès de la littérature depuis 1789, Paris: Imprimerie Royale, 1815.
229 pp.; 4°. Sign: BNF Z-5122.

Ejemplares

Biblioteca Nacional de Francia

http://catalogue.bnf.fr/ark:/12148/cb30232950v
ark:/12148/bpt6k6478628q

Bibliografía

Tatin-Gourier, Jean-Jacques, «Deux histoires littéraires au terme de la Révolution française: La Harpe, Marie-Joseph Chénier et quelques autres», Littérature, 196/4 (2019), pp. 49-55. URL: https://shs.cairn.info/revue-litterature-2019-4-page-49?lang=fr&tab=texte-integral.

Tatin-Gourier, Jean-Jacques, «Marie-Joseph Chénier: de la pratique de la traduction à l’introduction des œuvres traduites dans le canon littéraire», Convergences francophones, 2/1 (2015), pp. 17-26. DOI : https://doi.org/10.29173/cf253.

Zékian, Stéphane, L’invention des classiques. Le «siècle de Louis XIV» existe-t-il?, Paris: CNRS Éditions, 2012.

Cita

Marie-Joseph de Chénier (1815). Rapport historique sur l’état et les progrès de la littérature depuis 1789, en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<https://www.bibliotecalectura18.net/d/rapport-historique-sur-letat-et-les-progres-de-la-litterature-depuis-1789> Consulta: 03/11/2026].