Esta obra se atribuye al académico francés Gabriel-Henry Gaillard (1726-1806). El interés en tanto que breve tratado de Retórica radica en que va dirigido a las jóvenes, a las que, como señala en el «Prefacio», conviene instruir en el arte de hablar.
Se inscribe en la línea de los tratados de Retórica y Poética que el siglo XVIII destinó a la formación de las mujeres y, en particular, de las jóvenes. De ahí la reunión de fuentes diversas y la ejemplificación constante.
Se organiza en cuatro libros en los que se sigue el orden tradicional de los métodos retóricos. Comienza así explicando la retórica y las partes que la componen, para continuar con los lugares oratorios, donde diferencia los interiores, esto es, los que nacen del fondo del tema, y los exteriores, que le son extraños o indirectos. Los primeros son la definición, la enumeración de las partes, la similitud, la diferencia y las circunstancias. En cuanto a los extrínsecos (la Escritura, la tradición, los concilios, la Historia eclesiástica, las leyes y costumbres, etc.) no se desarrollan por entender que el único que deben conocer las jóvenes es la imitación.
El segundo libro versa sobre las partes del discurso oratorio: la disposición, el exordio, la narración, la confirmación y la peroración. El tercero se dedica a la Elocución y sus partes, los tropos y otras figuras.
El texto concluye con algunas apreciaciones sobre la pronunciación, el gesto y la voz.
Descripción bibliográfica
[Gaillard, Gabriel Henri], Essai de Rhétorique françoise, a l'usage des jeunes demoiselles; avec Des exemples tirés, pour la plûpart, de nos meilleurs Orateurs & Poëtes modernes, Paris. Barois fils, 1746.
345 pp.; 12º. Sign.: BNE 3/48305.
Hayward, Annette (dir.), La Rhétorique au féminin, Québec: Nota Bene, 2006.
Sonnet, Martine, L'éducation des filles au temps des Lumières, Paris: Éditions du Cerf, 1987.
St-Yves-Lambert, L'éducation des femmes à la parole: la Rhétorique françoise, a l'usage des jeunesdemosielles (1745) de Gabriel Henri Gaillard, Québec: Université du Wuébes à Trois-Rivières, 2009. Tesis doctoral.
Weil, Françoise, «Gabriel Henri Gaillard», Dictionnaire des journalistes: 1600-1789, Grenoble: Presses Universitaires de Grenoble, 1976, p. 167.
Sería una temeridad e incluso una extravagancia pretender instruir a las damas en el agradable arte de hablar. Los hombres que tienen un poco de equidad convienen de buen grado en que la delicadeza de los pensamientos, la feliz elección de las expresiones, la vivacidad y ligereza de los discursos, son un privilegio de este encantador sexo y que la naturaleza libremente le ha concedido, por este lado, lo que en los hombres solo es fruto de un estudio constante y un trabajo tenaz. La compañía de las mujeres (me refiero a mujeres amables y espirituales) es absolutamente necesaria para pulir el espíritu y para inspirar los sentimientos; es, sobre todo, la mejor fuente de la que podemos aprender las gracias ingenuas de la Elocuencia. Su conversión, siempre agradable, a menudo incluso útil, es una especie de Retórica práctica y, por utilizar expresiones de la inimitable Deshoulières [1], cuyas obras inmortales han hecho tanto honor a su sexo y al siglo de Luis XIV:
[...] Cada día su amable ignorancia,
para vergüenza del griego y del latín, muestra
cuán a menudo es preferible
el uso del mundo al saber.
Podría ser un hombre galante y un hombre de ingenio que, por haberlos descuidado por un estúpido orgullo o por no haberlas haberlas frecuentado, no es hoy más que un pesado pedante o un imbécil erudito. Estoy dispensado de citar ejemplos; son demasiado frecuentes.
Todo lo que acabo de decir será la condena de este libro, si hubiera pretendido, como un extravagante pedagogo, enseñar a las damas lecciones en un arte en el que ellas son excelentes. Pero estoy muy lejos de tal ambición ambición y creería haber hecho mucho por mi gloria, si tuviera la dicha de ser de alguna utilidad a las jóvenes cuyo gusto imperfecto no tenga todavía este asunto claro. Podría desgraciadamente perderse suiguiendo las guías falsas y perniciosas.
Demasiado a menudo la joven, poco segura de sí misma, se apega a modelos peligrosos capaces de estropear el corazón y el espíritu, de sofocar los asomos de genio o de hundir la imaginación en un abismo de errores insensatos. Tales son, en su mayor parte, los funestos efectos de la lectura de las novelas, de las que siempre sería aconsejable abstenerse, incluso aunque no sea frívola, porque quita un tiempo precioso que podría ser consagrado a otras ocupaciones al menos agradables y sin duda más útiles. Así, pensemos antes en los Boileau, los Rousseau, los Rollins, los Deshoulières, los Sévignés; así pensemos antes hoy en estos genios raros y sublimes, valientes defensores del buen gusto ultrajado, que dan peso a la razón derecha en todas las producciones del espíritu y de las que la crítica honesta y sólida sirva a la vez a su siglo y de ornamento y luz.
Tales son los excelentes modelos que les invito a seguir, las muestras de sus obras, feminizadas por todo lo que hay en este libro y aplicadas a los preceptos a que se se refieren, excitarán quizá en las jóvenes damas la loable curiosidad de un conocimiento más particular de estas admirables obras, para leerlas y releerlas siempre con un nuevo empeño y una nueva avidez. Este es el único objetivo que me he propuesto. Un hombre de gran espíritu lo ha dicho: (es Mr. Voltaire, ¿por qué no honrarle con una máxima bastante sabia): «Solo imitando los grandes modelos se puede llegar a ser modelo».
Del resto, lejos del estilo común de lo prefacios donde los autores, en un tono de súplica y con una modestia sumamente afectada, imploran de rodillas la benevolencia de su amo y juez supremo, sin olvidarse, de paso, de ofrecer humildemente los elogios más halagadores.
Confesaré con franqueza a mi lector que creo haberme introducido en un jardín que le resultará agradable por la multitud y variedad de flores con las que está salpicado: unas, distinguidas por su brillo y su vivo esplendor; otras, recomendables por su delicioso aroma.Y, como hablo muy poco en esta obra, y como, siguiendo la máxima de Quintiliano, he preferido las dulces e instructivas lecciones que dan los ejemplos a la estéril y repulsiva sequedad de los preceptos, me atrevo a seguir halagándome con que aquí no se encontrarán más que muy pocas espinas y que las plumas de Geay no se dejarán ver a través de las bellas las plumas de pavo real con las que me he preocupado de adornarme.
No he creído necesario tratar mi tema más a fondo, ni adoptar con mayor frecuencia el tono grave y didáctico de un sabio y aburrido retórico. Dios no quiera que tuviera el desafortunado talento de crear a las Armandas y Filamintas [2].
Si, por casualidad (lo cual no creo), alguna persona estúpidamente escrupulosa se ofendieran por la mezcla continua de fragmentos sagrados y profanos que he colocado indistintamente unos al lado de los otros, le remitiría al Tratado de los estudios del Sr. Rollin y al padre Bouhours, en quien este inconveniente (si es que lo es) no parece haber molestado a nadie. Pero, si por otra parte algunos severos aristarcos murmuraran al ver una pequeña canción junto a una pomposa tirada de los versos más magníficos, le respondería con Rousseau:
Las tímidas flores que se esconden bajo la hierba
tienen su valor tanto como la soberbia amapola.
También podría rogarles que consultaran el título de mi libro y que consideraran quiénes son las personas a las que está dedicado.
Sea como fuere, espero que se me perdone por haber deseado ser útil, hasta el punto de exponerme al riesgo de desagradar quizá a la parte más amable del público.
Antoinette du Ligier de la Garde Deshoulières (1638-1694) fue una afamada poetisa francesa muy estimada por los literatos de su tiempo y por Voltaire.
Mujeres sabias de la comedia de Molière de 1672 con dicho título.