Este texto panegírico de la escritora francesa Madame Le Prince de Beaumont (1711-1780) se dedica a María del Pilar Silva y Palafox, mujer erudita que fuera socia de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. El elogio presenta a Madame de Beaumont como un referente de la literatura de su siglo en tanto que se dirige principalmente a la educación de los jóvenes y las mujeres. Se presenta, por tanto, este discurso como el relato de las prendas de la autora francesa tanto por el magisterio en la educación, principalmente de las mujeres, como por practicar en su vida privada las virtudes que su literatura defiende.
Se relata la facilidad para el estudio y su afición a la lectura desde la infancia:
Cuanto leía era con la más profunda reflexión, cuanto aprendía se la imprimía con la mayor tenacidad porque de otra suerte no era posible se hubiese enriquecido de aquellas tan raras y exquisitas noticias con que manifestó en todos sus escritos [...] los más delicados y sazonados pensamientos (pp. 16-17).
Y, junto a ello, lo que la convierte en una autora ejemplar fue su fidelidad a los dogmas de la religión católica:
Seis meses le bastaron para componer su preciosa obra de Las americanas, que constaba de igual número de tomos, no son admiración de cuantos eran testigos de esta facilidad con que se gobernaba su pluma. Nótase en esta bella producción de su ingenio casi todo lo sustancia de nuestros dogmas católicos, muchos puntos de disciplina, una gran parte de la historia eclesiástica, los apoyos más fuertes sacados de diversos concilios, el raciocinio de la buena lógica, los argumentos convincentes de los teólogos y controversistas (pp. 17-18).
Esto es posible gracias a que, más que rodearse de los libros magistrales que ayudaran al desarrollo de su entendimiento, se encomendaba a Dios ejecutando su obra como si de un copiante se tratara.
Como consecuencia de la muerte de su madre y la ruina de su padre se retiró a vivir con las Hermanas de la Caridad, donde tan aventajada alumna prosiguió con su formación y la de sus discípulas tomando como fin de sus escritos el espíritu de la religión y de la virtud que los inspira.
Tras abandonar la congregación, se dedicó a la educación inspirando siempre las máximas del honor y la religión a otras mujeres para convertirlas en instruidas y prudentes, buenas ciudadanas y fieles compañeras de sus esposos. Su propósito era lograr que fueran tan virtuosas como sociables:
La virtud y la religión han de ser las leyes fundamentales que repriman a un sexo naturalmente débil y vano, pues sin ellas estas debilidad las haría desprecaibles y aquella vanidad libres (p. 30).
El autor del panegírico la presenta como ejemplo universal fundamental para contrarrestar los daños causados por la irreligión de quienes cuestionaron la fe católica. Su literatura oferce lecciones útiles, basadas en la observancia de la religión y la virtud que debían seguir como máximas irrenunciables el resto de las mujeres. Mujer de gusto delicado, viva imaginación y estilo claro, ganó a sus lectores: «[...] cada libro de Maria de Beaumont es su alma y su talento, adornado de sus virtudes» (p. 34). El carácter utilitario e instructivo de sus libros los hace prácticos, pues están repletos de máximas de moral, religión y política como corresponde a una mujer devota. Responden todas ellas a cuatro principios: la enseñanza de la niñez, la instrucción de la juventud, la dirección del matrimonio y la defensa de la religión.
Se dirige a los niños con un tono amable que encanta; en la instrucción de las jóvenes no pierde de vista la religión; para la mujer casada y viuda propone ser prudentes y piadosas, estudiar el genio de su esposo y dedicarse a adoctrinar a su familia «hasta transformarla en un escuela política y económica» (p. 41).
En conjunto, se recomienda encarecidamente la lectura de esta autora, complemento indispensable de la labor educadora que la Iglesia defendía en relación con el papel social y político de la mujer instruida. El Elogio repasa a modo de catálogo las principales publicaciones de la autora.
La licencia para la impresión de la obra se concedió el 31 de marzo de 1784 y fue responsabilidad de José Negre.