Biblioteca de la Lectura en la Ilustración
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Identificación

¿Debe preferirse la crítica fundada en el sentimiento interior al examen analítico de las obras de arte?

1790

Resumen

El artículo defiende una idea de la crítica que, sin renunciar a la coherencia de las partes que han de componer una obra, contemple como principio general el sentimiento, generando en el lector emociones, representativas de la belleza artística, y no fría expresión de la reglamentación poética. 

Toma como fuentes al abate Du Bos y a otros autores (Sulzer, Pope) cuyos planteamientos estético-teóricos fundamentan su discurso.

Descripción bibliográfica

«Literatura y comercio. Alemania. Sigue el artículo: ¿Debe preferirse la crítica fundada en el sentimiento interior al examen analítico de las obras de arte», Espíritu de los mejores diarios que se publican en Europa, 1790, núm. 225 (22 de marzo), pp. 267-274.
24 pp.; 8º. Sign: BNE U/11325.

Ejemplares

Biblioteca Nacional de España

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Cita

(1790). ¿Debe preferirse la crítica fundada en el sentimiento interior al examen analítico de las obras de arte?, en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<https://www.bibliotecalectura18.net/d/debe-preferirse-la-critica-fundada-en-el-sentimiento-interior-al-examen-analitico-de-las-obras-de-arte> Consulta: 20/03/2026].

Edición

¿DEBE PREFERIRSE LA CRÍTICA FUNDADA EN EL SENTIMIENTO INTERIOR
AL EXAMEN ANALÍTICO DE LAS OBRAS DE ARTE?

Si las sensaciones de unos son tan groseras y depravadas, las de otros son demasiado delicadas y vivas. Los críticos de profesión suministran la prueba de esta observación. Este es un defecto que proviene del juicio y del cual participa después el corazón. Hay obras de ingenio que exigen un talento vasto y creador, por ejemplo, el arte de caracterizar los espectros, las mágicas, etc., en cuya clase exceden los ingleses a todos los pueblos conocidos. ¿Qué debe entenderse por el arte de pintar? El arte de hallar en la bella naturaleza rasgos excelentes y de emplearlos de modo que produzcan la impresión más viva en la imaginación. Sin embargo, pensó jamás Horacio, que trató a fondo esta materia, que debiese juzgarse de las descripciones de los poetas con tanta pedantería como lo hacen ciertos críticos que se atreven a negar ingenio a Addison porque se sirve de muchos rasgos para pintar un mismo asunto, o que reprenden a Pope el haber empleado tres periodos para la descripción de los Alpes, la que, según sus ideas, hubiera podido expresar en dos? [1]. 

Lo más gracioso es que se creen los únicos maestros del arte porque saben en qué consiste el arte de pintar y miran con una desdeñosa compasión a todos los que les tratan de ignorantes. Para conocer los sofismas de esta especie de criticos, léase el examen de las obras de Pope y ciertas cartas criticas de un inglés [2]. Muchos críticos miran la invención como la parte esencial del arte, aun cuando ciertas obras, que no suponen un gran esfuerzo de ingenio, les hace más viva impresión. Una oda les desagrada al paso que en ella no reina el mismo desorden que se apropió Píndaro. Bien podrá el poeta encantarles y presentarles con el mayor entusiasmo todas las maravillas de la naturaleza, quedarán fríos e indiferentes. ¿Por qué? Porque el desorden no es pindárico. Rafael es, sin contradicción alguna, el ingenio más grande y extraordinario que se ha conocido en los tiempos modernos [3]. Pero si solo hubiera debido su gloria al talento de la invención, el más miserable poeta se la hubiera podido disputar.

En nuestros días tenemos un autor cuyas poesías épicas ofrecen un gran lujo de imaginación, pero no tiene gracia alguna en la expresión y pintura, ni golpe alguno sublime en los rasgos característicos, cualidades que admiran todos los conocedores en las obras maestras de Rafael. ¿Y deberemos pasmarnos de que los admiradores más ilustrados e imparciales del arte, lean a este autor con indiferencia o no le crean digno de su atención? Este fenómeno es tanto más extraño cuanto nuestro público se halla en estado de poder juzgar del mérito de la epopeya por el excelente poema épico que posee. Creo poder dispensarme a mí mismo de nombrar aquí a todos los que no tienen otro derecho de juzgar por su sentimiento interior de la belleza o medianía de un poema: 

Indoctus quid enim saperet liberque laborum,
rusticus urbano confusus, turpis honesto?
(Horacio, Epistola ad Pisones, vv. 212-213).

De lo contrario sería preciso admitir el voto del pueblo bajo, el que siempre se despreció:

Offendunur enim, quibus est equus et pater et res,
Nec, si quid fricti ciceris probat et nucis emptor,
Aequis accipiunt animis donantue carona
(Horacio, Epistola ad Pisones, vv. 248-250).

También debe atenderse mucho a la edad y al carácter en los juicios de los hombres:

Semper in adjunctis, avoque morahimur aptis (Horacio, Epistola ad Pisones, v. 178).

Será, pues, muy oportuno saber cómo puede juzgarse del verdadero bello, supuesto que no lo pueden determinar ni la crítica de discusión, ni la analítica, ni tampoco la del sentimiento.

Es indubitable que cada hombre es susceptible de ciertas impresiones producidas por una perfección verdadera o aparente. Esta sensibilidad al principio es inculta, de modo que se le pueden dar todas las direcciones que no sean contrarias a la naturaleza humana. ¿Cómo pudiera el alma, tan ligera en la primera edad del hombre, olvidar las impresiones recibidas en la juventud, principalmente si faltan ocasiones de recibir las mejores? La naturaleza humana, mientras está abandonada a sus necesidades sin otro auxilio, es muy miserable. El hombre abandonado a sí mismo es un caribe, un escita [4] y más temible que las bestias feroces. ¿Qué seríamos nosotros si nuestros padres, semejantes a los bárbaros de la zona tórrida, no hubiesen conocido sino las guerras y las conquistas sin familiarizarse con los objetos propios para suavizar sus costumbres? Una canción que solo presentaba una pequeña escena de la naturaleza fue al principio el inocente recreo de un instante y después una ocupación seria que desenvolvió la actividad del alma y produjo la emulación cuando se halló la ocasión de compararla con las bellas producciones de la naturaleza en las obras de los griegos y romanos.


Varios ingenios, inflamados del amor de la gloria, ensayaron exceder a los antiguos, pero no pudieron menos de renunciar a una empresa cuyo éxito no era verosímil, de modo que todos convienen hoy generalmente que nada es superior a las obras de los antiguos, a no ser que se quiera preferir una regularidad fría y exenta de defectos al verdadero sublime y bello presentado del modo más lisongero: 

vos exemplaria Graeca
Nocturna versate manu, versate diurna
(Horacio, Epistola ad Pisones, vv. 268-269).

Los altares de los antiguos aún están adornados de guirnaldas frescas, que no podrá marchitar ninguna mano profana. Están libres de las llamas, de los destrozos de la guerra y de los furores de la envidia, que aún es mucho más cruel: el mismo tiempo que todo lo destruye las ha respetado. Ved como en ellos queman sus inciensos los sabios de todas las naciones, oid los himnos que resuenan a sus pies en todas las lenguas ¡Estudiad continuamente las obras de Homero; sean siempre nuestras delicias; leedlas de día y sean objeto de vuestras meditaciones de noche. Fomad con ellas vuestro juicio, buscad las reglas de su composición y seguid la senda de las musas hasta en su origen. Cuando leáis el texto comparadle siempre con él mismo y la musa de Mantua os dará su comentario (Alexander Pope, Ensayo sobre la crítica (1711)).

Si estas reflexiones rápidas son exactas, se hallará que la verdadera crítica no es otra cosa que el sentimiento de lo bello puro y, formada por los grandes modelos de los antiguos o, en otras palabras, «el gusto de comparación». El sentimiento natural de lo bello, un estudio profundo de los antiguos, un juicio sano que sabe conocer en qué y cómo se acercan los modernos a la perfección de los antiguos, la facilidad adquirida de distinguir la belleza en las obras por medio de este tacto interior que se llama «sentido interno ilustrado», he aquí las cualidades que forman un verdadero crítico, cuyas determinaciones deben hacer fuerza de ley, aun cuando no pudiera dar razón del movimiento interior que las produce. No han faltado críticos que con sus sabias demostraciones han querido clasificar todo lo que debe mirarse como bello, malo y mediano. Se creyó que era un delito el dudar de su infalibilidad y la ridiculez en que cayeron fue la recompensa de su vano orgullo. El abate du Bos tiene razón: el sentimiento interior perfeccionado y purificado debe solo decidir de lo bello en las producciones del arte [5].

Cuanto acabo de decir de la crítica del sentimiento interno se ciñe a las bellezas de los pormenores: las del conjunto, la invención del asunto, la bella coordinación de las partes, el bello desorden mas o menos oculto según el más o menos entusiasmo que pide el poema, todas estas cualidades pertenecen a la discusión del entendimiento con esta restricción, que este nada debe aprobar de cuanto aquel desaprueba. El juicio, lejos de estar separado del sentimiento, aumenta más bien su viveza. Puede asegurarse que un espíritu débil y limitado tiene también una sensibilidad análoga a sus facultades. No basta que el juicio perciba una perfección, es preciso que esta ocupe la sensibilidad del corazón. Por consiguiente, se pudiera afirmar que nadie puede juzgar de la perfección del arte en todas sus relaciones a no haber nacido con el ingenio que esto pide. A lo menos el Batteux de Alemania (Mr. Sulzer) [6] dice hablando de la noble sencillez: «la naturaleza debe darla». Yo añadiría además que la naturaleza debe también dar la facultad de sentirla. Pope, sostiene como cosa decidida en su Ensayo sobre la Crítica, «que un perfecto crítico debe leer las obras de ingenio con el de su autor». Este mismo poeta coloca las bellezas del conjunto en su efecto: «Lo mismo sucede al espíritu que a la naturaleza: lo que mueve a nuestro corazón no es la exacta simetría de las partes aisladas; no llamamos belleza a un ojo, a un labio y sí a la fuerza reunida y al efecto que hacen todas las partes juntamente».


Cuando la belleza del conjunto se encuentra con la de las partes separadas, entonces es más perfecto el poeta; pero cuando no se verifica esta reunión, entonces las bellezas del conjunto superan a las de las partes, en cuyo caso es mediano al poema. Si estas exceden a las primeras debe estar libre de la crítica el poema, a no ser que le exceptúen de esta regla defectos extraordinarios. Mi opinión en este punto se funda en que las bellezas del conjunto encantan solo al espíritu y las de las partes al corazón al que parece destinada la poesía. Por ejemplo, la fábula de Zaira [7] está bien sostenida, pero, sin embargo, su efecto es débil cuando se compara con las mejores tragedias antiguas y modernas, y cuando se consideran las bellezas de que era susceptible. Esta tragedia, en sentir de un crítico moderno, es mediana en comparación del Hamlet o de El Rey Lear de Shakespeare, cuyos planes no dejan de ser bastante irregulares. Me parece que basta lo dicho sobre este punto porque el apreciable autor de las Cartas sobre las sensaciones ha dicho todo lo que podía decirse en esta obra que, con razón, debe mirarse como un suplemento muy importante a las mejores reflexiones críticas del abate du Bos.

Es indubitable que las producciones del ingenio pasarán a la posteridad y que su reputación bien merecida se aumentará más y más de edad en edad, aunque suele acontecer que no son apreciadas cuando se publican. Vean mis lectores en el abate du Bos, los casos eri que esto sucede. Solo observaré, por mi experiencia, que muchos críticos ilustrados y dotados de todas las cualidades necesarias caen también en esta falta. Nada parece mas fácil que hallar el punto de vista por el que es preciso considerar y juzgar un poema y, sin embargo, ¿cuál es la causa de tantas criticas desatinadas? La dificultad de abrazar este punto con solo el auxilio del juicio. La Farsalia de Lucano tuvo los honores de la epopeya y las Cartas de los muertos de Wieland [8] se han mirado como poemas didácticos, aunque, siguiendo la voz del sentimiento, hubiera podido hallarse fácilmente que el espíritu creador que reina en estas cartas las acerca más al poema épico.

Sin embargo, es preciso observar que una crítica de esta clase, aunque falsa en su aplicación, es, a lo menos, justa en sí. Un poema puede tener defectos, los que distingue el sentimiento con verdad y exactitud, pero el espíritu, queriendo examinarlos y analizarlos, se engaña. De aquí proviene lo poco que concuerdan entre sí regularmente las decisiones de los críticos de profesión, porque, advirtiendo los defectos de un poema, cada uno los atribuye a una cosa diferente. Las Cartas de los muertos de Wieland, en general, son medianas. Este es el juicio que forma el sentido interior ilustrado y no el del espíritu.

La variedad en las decisiones de los críticos nace probablemente de que llevan demasiado adelante sus comparaciones, persuadidos de que todo lo que no tiene su raíz en las producciones de los antiguos ha de ser malo precisamente. También creen muchas veces que una obra no tiene todas las bellezas de que es susceptible, o hallan en ella defectos sin haber considerado si sus bellezas imaginarias convienen al asunto y a las circunstancias. En una palabra, deciden sin examen, y sin haberse puesto en estado por medio de una seria lectura, de juzgar del todo de la obra. Y así no se engaña el sentimiento, sino el espíritu que se niega a seguir sus impulsos. Jamás están más expuestos los críticos a engañarse que cuando quieren dar razón de las causas de las impresiones y deducir sus impulsos.


Jamás están más expuestos los críticos a engañarse que cuando quieren dar razón de las causas de las impresiones y deducir sus principios:

Grammatici certant, et adhuc sub iudice lis est (Horacio, Epistola ad Pisones, v. 78).

Dígase lo que se quiera, son muy pocas las reglas exactas e incontrastables. A lo más pueden servir a aquellos que, a falta del sentimiento interior, quieren apoyarse en la decisión de los críticos. En la pintura hay una cierta belleza por la que, en rigor, puede juzgarse del contorno de una figura, pero el pintor que solo siguiese esta belleza sin estudiar las obras de los grandes profesores, jamás daría a sus producciones el alma, la gracia, ni la expresión verdadera de la naturaleza. El ingenio se enriquece con los tesoros de los antiguos y de la naturaleza: cuanto más los derrama en sus obras, tanto más mérito tendrán estas, sin que nadie pueda acusarle de plagiario. Rafael jamás hubiera expresado la magestad de Dios si Miguel Ángel no le hubiese suministrado la idea, cuya sublimidad sintió y engrandeció con la fuerza de su ingenio.

Estoy muy distante de condenar toda especie de discusiones sobre las producciones de las artes. Hay ingenios que, aunque propios para un solo género de poesía, están, sin embargo, dotados de un sentimiento exquisito para lo bello en general. Sus observaciones, y aun las más expuestas, no dejan de ser interesantes. La fuerza creatriz de su alma vivifica todas sus reflexiones que enriquecen muchas veces el imperio de las artes. Pero hay otros muchos sujetos que son fríos disertadores y que reducen a silogismos todas las ideas de lo bello. Estos críticos, discurriendo a diestro y siniestro de las producciones del arte, procuraron aturdir con las voces científicas con que disfrazan a la naturaleza y al ingenio. Uno de estos encantadores explica con el ejemplo de los lilipucianos de Aristóteles [9] la pequeñez de los objetos que no pueden formar belleza. Sublime descubrimiento que hace a su autor muy superior al mismo Aristóteles.

Se ha observado que el abate Batteux casi siempre se engaña cuando quiere discurrir; hubiera sido mucho más curioso hacer ver que en semejantes casos no se había engañado. Que se me manifieste un critico cuyas decisiones sean seguras y exactas cuando no están fundadas en la experiencia y en el sentimiento interno. Si la obra del abate Batteux no contuviera sino sus reflexiones filosóficas, nadie la leería. El autor dotado de la sensibilidad más exquisita interesará siempre a sus paisanos, aun cuando se olviden sus reflexiones [10].

Estoy muy lejos de creer que un poeta que reúna los sufragios de un gran número adquiera por este medio derecho a la inmortalidad. Muchas veces se aprecia un poema por algún tiempo porque el público, que no tiene término alguno de comparación, no juzga de él como debe. Yo sostengo con el abate du Bos que ningún crítico puede juzgar del mérito de una buena obra sin un sentimiento delicado, purificado con la lectura de los antiguos. Jamás se lee una obra digna de la inmortalidad sin descubrir en ella nuevas bellezas y, cuando el lector se ha familiarizado con las que hieren a primera vista, se descubren otras mil ocultas que no se percibían por la viva impresión de las primeras. Cuanto más se lee una obra de esta naturaleza, más mueve y agrada. Acabaré con un pasaje del abate Dubos, tomo II, página 456:

La veneración con que se miraron los autores del siglo de Platón subsistió siempre en la Grecia sin embargo de que decayeron los artistas. Aun fueron admirados estos autores como grandes modelos dos mil años después que habían escrito y, cuando eran tan poco imitados. Virgilio, Horacio, Cicerón y Tito Livio se leyeron con admiración mientras fue lengua viva la latina y los escritores que compusieron quinientos años después de estos, y cuando ya se había corrompido el estilo latino, hicieron más elogio de ellos que en tiempo de Augusto.

 

  1. Joseph Addison (1672-1719), además de ser el fundador del periódico The Spectator junto con Richard Steel, publicó un libro sobre la vida de poetas ingleses y una traducción de las Geórgicas de Virgilio. Famoso por su obra Los placeres de la imaginación, que están muy presente en este artículo. Se tradujeron al español en 1804. Puede leerse aquí https://bibliotecalectura18.net/d/ensayo-sobre-los-placeres-de-la-imaginacion
  2. Parece referirse a Samuel Johnson (1709-1784) en cuyas Vidas de poetas ingleses incluye algunos comentarios desfavorables hacia el poeta.
  3. Se refiere al pintor italiano del Renacimiento al que recurre en varias ocasiones como ejemplo de originalidad y de emulación.
  4. Escita: pueblo nómada guerrero de origen iranio que dominó las estepas euroasiáticas entre los siglos VII a.C. y IV d.C.. Destacaron como arqueros y su rudimentaria cultura. 
  5. El abate Jean-Baptiste Dubos (1670-1742) es mencionado aquí numerosas veces por su tratado Reflexiones críticas sobre la poesía y la pintura (Réflexions critiques sur la poésie et la peinture, 1719), donde relativa el gusto, el papel de las reglas y vincula el aprecio del arte por su relación con su percepción sensible. Existe traducción al español y edición de Ricardo Piñero Moral en València: Universitat de Valéncia, 2007.
  6. Johann Georg Sulzer (1720-1779) fue conocido por su Teoría general de las Bellas Artes (1771-1774) donde relaciona arte y sensibilidad, belleza y bondad del arte.
  7. Se refiere a la Zaira (1732) de Voltaire, de inspiración shakespiriana, que tradujo Vicente García de la Huerta en 1784 con el título de La fe triunfante del amor y cetro. Véase Francisco Lafarga, Voltaire en España (1734-1835), Barcelona: Universitat de Barcelona, 1982; Loreto Busquets, «Sobre García de la Huerta, teórico y traductor», Cuadernos dieciochistas, 3 (2002), pp. 149-175 y de la misma autora «Zaïre de Voltaire en la traducción de Vicente García de la Huerta (1784)», https://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmck08x6
  8. Christoph Martin Wieland (1733-1813), traductor de Shakespeare, Horacio y Cicerón. Puede referirse a las Doce cartas en verso de 1752. 
  9. Peripatéticos.
  10. El abate Batteux es aludido aquí por su visión ortodoxa de la Poética que, sin embargo, matiza en sus comentarios.